Viaducto de La Farola, un paso obligado para ir a Baracoa

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Si les cuento que pensé que iba a pasar a mejor vida, no les miento. Yo le tengo terror a las alturas y el señor que vende “semisoda” (galletas de soda) en la parada de los camiones que te llevan a Baracoa fue claro: “No vas a aguantar”.

Pero yo me quería ir a Baracoa y tenía que ser por la loma de “La Farola”. Nadie debería permitirse no visitar una de las siete maravillas de la ingeniería civil cubana.

Finalmente el viaje comenzó. La Farola es una carretera de 30 kilómetros, que atraviesa el macizo montañoso Sagua-Baracoa y une la ciudad primada de Baracoa con Guantánamo, capital de la provincia oriental cubana del mismo nombre.

En un inicio todo estuvo bien, hasta que como por arte de magia sentía que me viraba al revés, y en efecto fue así. Las pendientes de la loma son tan altas que llega un momento en que no sabes si tienes la cabeza abajo y los pies arriba o viceversa.

El viaje es muy familiar: por más que intentes quedarte en tu puesto, el trayecto no te lo permite. De pronto te ves sentada frente a la señora con la que discutiste porque quería subir al camión primero que tú y en el peor de los casos, caes encima de ella; cuando por moral habías decidido no hablarle nunca más. En ese justo momento te la pasas ofreciendo disculpas, a todo el que va contigo, y la gente se ríe, porque sabe que no eres de ahí, que solo tú y el resto de tus 5 amigos van tabaleándose como tontos.

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Foto: Yoni González/Cubanos Gurú

Aún con el miedo en los huesos, lo hermoso del trayecto empieza a superar el temor. Un viejito súper amable te cuenta la historia increíble de la construcción del Viaducto de la Farola. “Aquí trabajaron 154 obreros en jornadas de 17 horas ininterrumpidas, además tiene alturas que en ocasiones llegan a los 450 metros sobre el nivel del mar

Cuando el día está despejado, pueden verse las montañas y la carretera que hace un trayecto perfecto alrededor de las mismas. A pesar de que cuando llueve, el camino puede ser peligroso.

El Viaducto de la Farola sigue cautivando a todo el que lo visita y a los que como yo le temíamos mucho y ahora nos morimos por regresar.

 

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