Todo por la familia: La historia de Adrián

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Muchas veces, yo diría que casi siempre, cuando el cubano sale de su tierra a buscar suerte lo hace por la familia, la consanguínea y la que no. El objetivo es tener una forma viable de ayudar a los suyos a suplir carencias materiales de cualquier tipo (aunque aclaro no siempre se puede).

Ese es el caso de miles, pero no el de Adrián. Él salió huyendo de un ambiente familiar hostil, de recriminaciones, de desencantos. Supo que era gay desde muy niño, y en la familia muchos se dieron cuenta, pero no dijeron nada por miedo a meterle ideas “erróneas” en la cabeza al muchacho, y sobre todo por no aceptar algo que era evidente.

Ya había perdido la cuenta de las veces que su padre le marcaba la piel con el primer objeto que encontraba cuando lo veía frente al espejo con ropa y accesorios de su hermana o su mamá. Pero recordaba bien lo duro que fue oírle que no quería un hijo “pato” (es una de las formas de decir gay en Cuba).

Adrián era una vergüenza para su padre, y eso lo desgarraba. Lo peor resultaba el apoyo a medias de Rosa, su mamá, lo defendía siempre que don Armando no estuviera, le acariciaba, lloraba con él, pero tampoco quiso conocer a su pareja.

El único consuelo real era su hermana y José Enrique, su pareja, los demás o no opinaban, o preferían fingir que no sabían nada. Ante tanta decepción las ganas de irse lejos crecieron. Si permanecía en la isla igual tendría encima las miradas acusadoras de sus familiares más cercanos y el desprecio; aquello constituía un evento insoportable para él.

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Un día la compañía artística donde trabajaba como estilista y cantante, y de la cual era parte su pareja José Enrique, se fue de gira por Europa. Allí se abrieron las puertas de la escapada. Con el dolor de su alma abandonó la compañía para hacer vida en España. Obviamente encontró tolerancia y apertura mental, pero igual no tenía la aprobación de su familia.

Pasaron unos 10 años, en que solo supo de don Antonio a través de su hermana además de unas cuantas cartas o mensajes aislados de su madre. Hasta que un día llegó al correo una carta de puño letra de su papá. Solo decía: “hijo perdóname, yo no puedo hacerlo, estos años sin ti han sido duros aunque me esforcé por no hacerlo notar. Te amo”.

Y después de una década Adrián volvió a Cuba, a una familia distinta, volvió a tener padres. Lo triste es que nunca los hubiese perdido si el respeto y la tolerancia primaran entre sus allegados. Lo alegre es que aunque el tiempo no se puede recuperar la realidad si se puede cambiar.

*Los personajes y hechos relatados en esta historia son resultado de una obra ficticia del autor. Cualquier parecido con personas verdaderas, o con hechos reales es pura coincidencia.

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