La leyenda del Cayo las Brujas

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Cayo las Brujas, al norte de Villa Clara, es uno de esos sitios que debe conocer todo el que visita Cuba, y dicen que una vez que ya lo conociste, no te quieres marchar. Quizás su embrujo se deba a la leyenda que se teje desde tiempos remotos sobre ese lugar.

El lugar debe su nombre a la legendaria creencia popular sobre la presencia en sus predios de los misteriosos personajes medievales que hoy se evocan, perpetuados alrededor del hotel Villa Las Brujas, en cautivadoras esculturas de mujer que seducen al visitante, nacidas del imaginario artístico de Ervelio Olazabal

Historias de fantasmas, ruidos y apariciones que circulaban entre los pobladores, aunque otras narraciones las asocian con los encuentros amorosos entre un pescador y una joven de la localidad. Según se dice allí se reunían brujas y fantasmas para propiciar el encuentro de esta joven pareja, a espaldas del celoso padre de la muchacha.

Un día, el joven no apareció a la acostumbrada cita, porque los hermanos de la muchacha lo habían embriagado. Ella, creyéndose abandonada, despareció y nunca más se supo de ella.

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El mito creció cuando, cada atardecer el joven enamorado, bajo los efectos del aguardiente se adentraba en la vegetación buscando a su novia, y pasaba toda la noche, hasta que, al día siguiente, regresaba sobrio para atestiguar que había visto y conversado con su novia, una historia que no le creían.

Así, hasta el día de su desaparición, al descorazonado amante, se le veía andar tambaleándose por la borrachera e irrumpir en el místico lugar, y pasadas las horas cuando estaba a punto de oscurecer, muchos afirmaban que se escuchaban cantos y risas, y muy tarde sobre el monte se veía volar a una bruja sobre su escoba.

La escultura, evoca el espíritu de una bella mujer esperando el regreso de su amado por toda la eternidad, surge así “La leyenda de la bruja del cayo“, cuentan que era hermosa cuando su amado un día partió a pescar y se hizo vieja y fea esperándolo.

Cuentan que aún en las noches más serenas de verano algunos pescadores que pasan en sus embarcaciones cerca del cayo escuchan los gemidos de angustia de aquella antigua doncella.

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