Historias cubanas sin apellido paterno

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Conozco el caso de dos periodistas cubanos que prefieren no mencionar su apellido paterno. Ella esboza una “C”, de Consuegra y él, en vez de escribir González, estampa una tímida “G” en sus reportes televisivos.

Ahí, en esa actitud, se esconde alguna historia familiar o motivo consciente, como sucede con Johann Gutenberg, el inventor de la imprenta, o con Pietro Aretino, apodado el “azote de los príncipes.

Del primero ya se sabe que es una de las personas más influyentes de la Historia. Su nombre completo era Johannes Gensfleisch zur Laden, pero aun es un misterio por qué este alemán solo tomó el apellido materno para darse a conocer a nivel mundial.

Aretino, por su parte, nació el 20 de abril de 1492, fruto de una relación entre una prostituta, Margherita dei Bonci, y un zapatero llamado Luca del Tura. Su apellido es el gentilicio de su ciudad natal, Arezzo.

Cuba tiene a un Bartolomé Maximiliano Moré que, de ser reconocido por su padre, sería hoy Benny Gutiérrez, el “Bárbaro del Ritmo”, pero la vida quiso que tomara el apellido de Virgina, su Madre y no de Silvestre, el progenitor.

Benny Moré adoptó los apellidos de su madre Virginia Secundina Moré. Se presume que su padre biológico se llamó Silvestre Gutiérrez. Aquí le vemos junto a Olga Guillot (Foto: www.cubanet.org)

Igual le sucedió a María Teresa Vera, cuya descendencia paterna es imprecisa en el libro de la historia. Se dice que su padre era un militar español llamado Urbano González, pero no existe constancia de esto. Se bautizó entonces como María Teresa Amalia Vera Vera.

Urbano quiso residir en Cuba y por este motivo se acusó de traición y cumplió 6 meses en la cárcel. Gracias a la Iglesia Católica, el posible padre biológico de María Teresa fue liberado para que regresase a España.

La investigadora Madalina Cobián asegura que Urbano, a su regreso de la Madre Patria, pretendía conocer y reconocer a su hija, pero enfermó de neumonía durante el viaje en barco y partió. Sus restos fueron echado al mar.

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“De él se decía que cantaba muy lindo, por lo que pudiéramos decir que si no le dejó el apellido, por lo menos sí la bella voz.”

Similares matices tiene la historia del pelotero Víctor Mesa, a quien Bobby Salamanca nombró “la explosión naranja”, en alusión a los colores de su equipo Villa Clara.

Víctor, en el programa “Confesiones de Grandes”, de la Televisión Cubana, dijo que su Madre había sido “Mamá y Papá” y que “poner un plato de comida todos los días fue lo mejor que pudo darle.”

En una inusual entrevista titulada ““El show soy yo”, VM32, como se le conoce en las redes sociales, dijo al autor del texto: “Pon que no me voy de Cuba, que es una promesa hecha a mi madre.” y es algo que ha cumplido, pese a los contratos ofrecidos para dirigir en Grandes Ligas.

Según el periodista e investigador José Antonio Fulgueiras, Víctor lleva los dos apellidos de su mamá Olga Mesa Martínez pues el padre, de apellido Solís, lo abandonó.

Estas tres historias y otras ocultas que andan por ahí esperando a que alguien las revele, resumen algo muy común en Cuba: el despadre, fenómeno que han sufrido muchos hijos que no merecen ni merecieron tal despojo en sus vidas, tal desarraigo y abandono paterno.

Otros, como González y Consuegra, llevan el apellido en su identificación, pero tal pareciera que subyace cierto rencor, rabia o impotencia, de ahí que prefieran callarlo, como si llevaran una angustia a sus espaldas.

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