Historia de Valeria: Recuerdos del Habana Libre

Danilo Marocchi / Shutterstock.com
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Valeria tiene 42 años. La última vez que fue al Hotel Habana Libre de La Habana fue en el año 1980, en compañía de sus padres y su hermano.

Al viejo le firmaban una hoja de ruta en la empresa azucarera donde trabajaba y le autorizaban a llevarse el yipe UAZ (Guá, como le dicen los cubanos). Era un trayecto desde Camagüey hasta la mismísma Rampa capitalina.

El carrito se portaba bien y allá iba la familia haciendo escala en pueblitos y comiendo los niños cuanta golosina apareciera. Eran los tiempos de las vacas gordas, del CAME, las laticas de carne rusa y la ayuda soviética.

Valeria iba feliz en el asiento trasero. Por el camino lo mismo se entretenía buscando figuras humanas en las nubes, retozando con su hermano, mirando pastar las vacas o escuchando la música que escuchaban sus padres por Radio Progreso desde el automóvil.

El trayecto duraba unas 9 ó 10 horas. A ratos tocaba dormir. A la llegada, su padre estacionaba en el parqueo del Hotel y acto seguido iban todos a presentar la reserva hecha en el buró de turismo de su provincia: una semana en la instalación.

El costo de la habitación era de 27 pesos por día. Estaba en el piso 20 y, salvo la televisión por cable que no había por aquella época, disponía de todas las condiciones necesarias para una estancia agradable. Desde el ventanal se podían ver la calle 23, el Yara y Coppelia.

La pequeña Valeria se quedaba boba con el lobby del complejo hotelero. Había cascadas, pececitos, plantas, pinturas de artistas famosos y decorados en la pared que le hacían embelezarse.

Se encantaba con los postres, los mariscos y con el berro, aquella “yerbita” que probó por primera vez. Pero su mayor sorpresa fue cuando vio aquel personaje de la radio y la televisión cubana:

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– ¿Usted es Germán Pinelli?
– Sí, yo soy.
-contestó el célebre conductor, locutor y actor, mientras le ponía su mano sobre la cabeza.

Por la noche, después de engullir varios platos en la mesa buffet, los dos hermanitos iban a dormirse y disfrutar del aire acondicionado. Sus padres se iban, casi a escondidas, hasta el cabaret, para escuchar a Héctor Téllez, Farah María, Manolo de Valle o Mirta Medina, las estrellas del momento.

Valeria no olvida otra de las anécdotas jocosas, cuando sus padres invitaron a comer a un matrimonio de médicos habaneros y, al terminar la cena, traen la cuenta y el camarero la menciona en voz alta, a lo que la niña de 7 años responde perpleja:

– “¡¡¡¡¡¿Ciento veinte pesosssss?!!!”

Así pasaban los días en aquel paraíso. Piscina, restaurante y paseos por la capital en aquellos años ochenta tan llenos de abundancia y tranquilidad, hasta que había que volver a abordar el desvencijado Guá y regresar a casa, reunir dinero para repetir el año próximo.

Hoy Valeria tiene 42 años, vive en Chicago y, desde el piso 20 de su edificio, contempla un paquete vacacional de 8 días y 7 noches al Hotel Tryp Habana Libre, categoría 4 estrellas, a donde irá con su esposo y su hijo.

La mujer sonríe, guarda el ticket y comienza a hacer la maleta. Pero no puede evitar que un mar de sensaciones y nostalgias se agolpen en su interior.

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