Historia de Marta: el fogón Pike

Foto: Fernando Donate Ochoa (Cubanet)
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Marta era una mujer ama de casa como tantas de Cuba que viven a merced del salario de su esposo y de ciertos inventos hogareños para subsistir.

La hora de la cocina era para ella un martirio, sobre todo cuando se paraba delante del fogón Pike, un artefacto que le propiciaba intensos y recurrentes dolores de cabeza.

Ese fogón, a diferencia de los originales, era una adaptación petrolera que se abastecía de combustible proveniente del mercado negro. Un gentil vecino, ferroviario en el central azucarero del pueblo, era el suministro habitual.

Jorge, el esposo de Marta, tenía que soportar los insultos de su cónyuge. Si el Pike no encendía bien, tenía un salidero o se tupía la “aguja” allá iban los improperios.

“¡Jorge, hijo de puta, se me rompió el fogón, mira como me tienes!” y acto seguido le mostraba sus manos ennegrecidas. Los dos niños participaban de la escena, pero desde una posición de espectadores pasivos.

Pasivos ¡y hambrientos!, pues aquellas criaturas tenían que recurrir a un pedazo de pan, un plato de comida de la vecina o una merienda de socorro, mientras Marta seguía su monólogo delante del Pike.

En el peor de los casos tomaba un martillo y la emprendía con la vetusta cocina, cosa que empeoraba la situación. Al final era el noble Jorge quien hacía el milagro y lograba una llama azul en el mencionado aparato.

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Así transcurrían los días de Marta, en medio de alcohol, tizne y humo. Las malas palabras y los insultos en voz alta eran la manera de exteriorizar aquella impotencia. Todo lo soportaba, en silencio, el buen Jorge.

Desayuno, almuerzo y comida eran horarios picos en la casa. Muchos no querían estar en medio de aquel alboroto, pero no quedaba otra que aceptar esa realidad, en ocasiones aderezada con cortes de electricidad que hacían más dramática la historia.

La cosa cambió cuando llegó la llamada “Revolución Energética” y unos jovencitos llamados “Trabajadores Sociales” entregaron a Marta una cocina eléctrica que parecía que iba a ser la bendición de aquella familia.

Marta se despidió del combustible y menguaron las broncas hogareñas. Hasta que un día se rompió la resistencia de la cocina moderna y aquella tarde el barrio entero volvió a escuchar aquellas oraciones “martianas”:

“¡Jorgeeeeeeeeee, coñoooooooo, ¡me c………. en Dios!”

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