Emigración y xenofobia

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Siempre he escuchado decir que la profesión más vieja del ser humano es la prostitución. Pero ya no estoy tan segura. Más bien creo que nuestra ocupación más antigua es la de desplazarnos de un lugar a otro, a contrapelo de variaciones del clima, de peligros acechantes y de ambientes hostiles. El hombre, como ente genérico, ha emigrado a lo largo y ancho del planeta desde que emitió el primer gruñido. No lo puede evitar. Está en su ADN.

Así ha seguido hasta el día de hoy. El homo sapiens sigue pensando que la solución a sus problemas está en otra parte. Posiblemente lo piense mientras quede uno sobre la tierra.

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Antes, al principio, emigraba solo en busca de comida; ahora, además, lo hace huyendo de guerras, de sistemas políticos, enfermedades y extremismos de todo tipo; O simplemente en busca de un ambiente más placentero a sus necesidades lúdicas. Hay tantas razones para emigrar como personas en el planeta.

Y tampoco existe emigración sin xenofobia. La xenofobia existe. Descendientes de los primeros emigrantes que han llegado a un territorio cualquiera se han establecido en este, han determinado fronteras, esgrimido el concepto de nación y cerrado las puertas, o al menos intentado, a aquellos que siguiendo el primigenio afán de desplazamiento territorial vienen tras ellos.

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Estos últimos son vistos como amenaza, como una plaga infecta que viene en busca de las familias y los trabajos de quienes llegaron antes.

A los cubanos nos pasa mucho eso. No nos quieren, nos vilipendian y nos discriminan en muchos lugares… hasta que nos conocen, hasta que se dan cuenta que la vida se enriquece con la diferencia. Hasta que descubren que, sin importar de dónde seamos, compartimos todos un solo planeta… Hasta que van un día a nuestra casa y se lo damos todo, porque así somos: lo damos todo a cambio de nada.

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Así somos los cubanos. Y no importa si nuestra casa está en la amada isla o en el añorado destino al otro lado de los mares. Ha sido siempre así, nuestro espacio, como el planeta tierra entero, es también tu espacio.

Pero no se dan cuenta de que tanto aquellos que arriban y permanecen, como los que pasan y siguen de largo, no son sino tragaluces minúsculos que dejan entrar un poco de aire fresco al interior de la ostra en que se encierran, y de la que también salen, a veces en oleadas, sus propios hijos, siguiendo el ancestral y humano instinto del desplazamiento en busca de mejores sitios.

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