El olor de Cuba

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En Cuba no sientes olor a desarrollo en el más estricto y puro sentido de la palabra. Tampoco huele a sinsentido o a desesperanza. En Cuba el aroma no es el del perfume Alicia Alonso o Antonio Banderas, ni el de la colonia hiper extravagante 7 potencias que me remontan al período especial y sus rezagos.

En Cuba no sientes olor a tristeza porque esa ya no vive allí, se marchó en cuanto entendió que una como ella no puede contra millones de cubanos. Tampoco vive en esa tierra el desconsuelo porque le ganan con creces la perseverancia y la constancia cada vez que se enfrentan, aunque en la pelota perdemos terreno en esta otra batalla no (tal vez sea menos televisada pero es más importante).

En Cuba no huele a olor. Huele a alegría, a color, a ron, a cerveza, a tabaco. Huele a rumba, a son, a malecón y a mar. Huele a cariño, a nostalgia, a placer, a mujeres, a autosuficiencia suficiente… a orgullo.

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En Cuba huele a frenesí, a pasión, a carisma, a exuberancia y sencillez en una híbrida relación interminable. Huele a salsa, sandunga y creación. Huele a música de la buena y a baile del mejor. Huele a tradición y arte.

En Cuba huele a humor del real, del que te hace llorar y orinarte, por grotesco que suene, huele a parques y a palma real, a béisbol, a sinceridad y dominó, a yuca con mojo y congrís, a trillo, a monte, a caña y café, a tierra mojada por el aguacero, a carreteras con baches y almendrones.

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En mi isla, la tuya, la de muchos, la criticada, la desconocida por millones, la envidiada, la única, huele a futuro, a esperanza, a sueños, a evolución, a espera paciente, a MADRE, a PATRIA.

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