De veras, ¿todavía existen los cines en Cuba?

Kamira / Shutterstock.com
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Cuando el formato de video tomó por asalto los cines de la Isla, a los amantes del séptimo arte les costó trabajo ver desalojar el dichoso artefacto de las salas de proyección.

Todo empezó un día cuando el control remoto y el televisor, vhs, beta y compañía, irrumpieron sutilmente para afianzar una práctica cinematográfica que se hizo insistente y a ratos injustificada en el país.

Las causas de esta metamorfosis son muchas. Unos dirán que la modernidad, tan cargada de miniaturización y otros puede que citen aquella frase de Marco Aurelio: “todo lo que se ofrece a tu vista puede estar sujeto a un cambio brusco”.

Sin embargo, parece ser que las archiconocidas fórmulas comerciales nacidas del período especial, el llamado “autofinanciamiento”, fueron los que motivaron la entrada del video en los cines, un huésped que encontró rápida acogida a finales del siglo pasado y parte del presente.

Pero no se trata de subestimar este o aquel soporte, sino de la mística, la comunicación que se establece al degustar una película en pantalla grande, la magia que algún director esbozó, por ejemplo, en aquel documental titulado “Por primera vez”, donde las caras de los cinéfilos dejaban entrever sorpresa y alegría, mientras se escuchaba el sonido cómplice de los carretes de proyección.

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Como apuntó el periodista Ciro Bianchi hace ya tiempo en su columna de Juventud Rebelde dominical: “Chaplin, en la pantalla grande, no era el mismo de los pedazos de películas con los que en la televisión armaban La comedia Silente. Era más potente, en el cine, el chorro de voz de Jorge Negrete. Las muecas de Gardel se apreciaban mejor y Sarita Montiel lucía más apetitosa y encamable”

Y es cierto. Además, ir a la sala oscura es motivo de parejas, de enamorados, de grupos de amigos. El formato de video, doméstico y enlatado, se me antoja más solitario al estilo de Robert de Niro en Taxi Driver o el tímido personaje que caracterizó James Spader en “Sexo, mentiras y cintas de video”.

Sería saludable que en ciertos cines de Cuba se pregunten si ¿se trata de recaudar aunque el menú sea de tercera? Si el video en el cine tiene que ver con la variedad y con la cacareada cultura cinematográfica y si es lícito que, involuntariamente, nos convirtamos en sepultureros de la pantalla grande y su encargo social.

Foto: Inessa Akhmedova

Estimulante resulta que se declare al video “formato no grato” en las salas de proyección de toda Cuba y, de una buena vez, lo desalojen por el bien de la pantalla grande, esa que padece cierta telaraña en su anatomía blanquecina.

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