Cuando salí de Cuba

Foto: Juan Carlos Villagómez
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Me fui un día con planes en la maleta y deseos de “comerme” al mundo. Ese mismo día lloré por dentro y sonreí mientras me chequeaban el boleto de avión. Hice cubanadas en el aeropuerto y a todos los que me miraban les quedó claro que salía al extranjero por primera vez.

En la sala de espera la espera se hizo interminable. No sospeché que lo que venía sería de apuros y sin descanso, de haberlo sabido ese par de horas se hubieran convertido en un cuarto de masajes preventivos y hasta escuela para aprender a extrañar menos.

Los aviones me hacían sentir casi nada, entonces los vi de cerca y ya no en las películas o en las páginas de una revista. Ahí supe que imponen y te hacen cuestionarte varias decisiones. Entendí, por ellos, que no es tan importante volar sino aprovechar mientras tengas los pies en la tierra.

puerta abierta al salir de Cuba
Shutterstock.com

Llegó la hora de abordar uno de los gigantes y me temblaba el cuerpo entero. Observé a los que caminaban detrás de mí para ver si lo notarían, pero yo no les preocupaba. Ya adentro, una muchacha toda maquillada explicó qué hacer con cuanto equipo de salvamento llevan ellos para los pasajeros, no entendí nada, pero finjí que sí.

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Hora de la merienda y sin las expectativas. Hasta ese instante me imaginé que sería una comida del otro mundo y lo fue, pero del bajo. Cada momento se acercaba más el aterrizaje en mi destino final y yo apretaba más fuerte la flor de adorno de mis malagradecidos zapatos que decidieron romperse a última hora (para que no me quedaran dudas de que mi vida necesitaba un cambio).

Comenzaron a dolerme los oídos, la señora del asiento de al lado se dio cuenta y me dijo: “traga saliva hija, pa´que descompresiones”. Funcionó. Me tomó la mano, la apretó como si estuviera molesta también con sus zapatos y volvió a hablarme: “tranquila, es normal, eso me pasaba al inicio, pero ya me acostumbré”.

Soltó ese pedacito de mí que tenía y comenzó a aplaudir, ya me habían dicho que eso pasa cuando aterrizamos, respiré profundo y dije: Salí de Cuba, pero no la dejé atrás.

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