¿Camellos en La Habana?

Joseph Sohm / Shutterstock.com
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Todo el que ha vivido en La Habana y empleado el transporte público sabe lo que es un camello, ahora también conocidos como los P. El nombre de camello se les quedó porque las maquinas anteriores tenían una forma muy parecida a la de este animal.

Desde entonces en la capital de Cuba, los cubanos se transportan en camellos, como si del desierto de Sahara se tratase. Pero estamos seguros los que a diario nos tocaba movernos en ellos, que más fácil es agarrar un camello en Egipto que en La Habana.

Es todo un proceso depender del camello en Cuba para llegar a los lugares, ya sea casa, trabajo o fiesta. Lo primero es una preparación mental y psicológica para enfrentar la odisea y sobrevivir. Tienes que saber que si quieres ir sentado hay que ir a la primera parada y con una hora de tiempo disponible.

Foto: Leandro Neumann Ciuffo / Flickr

Lo segundo es saber que puede que hayas hecho tu colita de una hora para no irte de pie y cuando llegó el camello se armó el despelote y te quedaste sin asiento. Todo eso hay que procesarlo antes de tomar la decisión de marcar en la cola.

Y si no estás en la primera parada, eso sí que es una hazaña para subirte. Hay quien se monta hasta por las ventanillas y si estás muy apurado puede que te vayas colgando en la puerta, porque nunca se sabe cuándo vendrá el otro. Olvídate que el camello no tiene horario.

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Otra realidad es que si lo que tienes es un peso, que pena, no hay cambio. Y el pasaje casi nunca te sale en los 40 centavos (antes 20 centavos) que en realidad cuesta. La otra parte es que la peste a condón nadie te la quita, por el clásico dedito recubierto del conductor.

Foto: Keith Levit / Shutterstock.com

Luego dentro del camello es otra historia, de terror claro. Vas a sudar hasta en invierno, te ahogarás en olores que no pensabas que existían, te masacotearán como si estuvieran moldeando plastilina.

En fin muchos dirán que no extrañan el camello, la verdad muchos juraron que era lo único que nunca echarían de menos, pero nada que uno hasta termina por sentir nostalgia de lo malo y declararse hijo del maltrato.

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