7 formas de referirse al mal olor en Cuba

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Sol. Cuba es igual a mucho Sol. Rodeada de mar, el calor en la isla se hace peor que el del continente, untuoso, perenne, agobiante.

Pero nada derrite el buen humor del cubano. Por eso, ante el sopor insufrible, el isleño se ha inventado maneras ocurrentes para llamarse cuando la lógica peste, hija de las altas temperaturas, lo agarra en la calle, en una guagua o en una oficina.

Claro, los apodos no son tan populares para todos los malos olores, pues los pies hediondos y el mal aliento nada dependen del calor, las axilas sí. Hacia allí van casi todos los nombretes.

He aquí 7 modos hilarantes de llamar al apestoso en Cuba:

Peste a grajo:

Esta frase es tan popular que casi nadie se cuestiona su origen, su relación con el cuervo, su matiz racista debido al color del pájaro y la falsa verdad de Perogrullo de que los negros son más apestosos que los blancos. En fin, esta es la manera más común de referirse al hedor de las axilas.

Estar cortao:

No se trata de heridas por armas blancas, así se le dice a alguien cuando la pestilencia nos taja en dos el olfato.

Está que faja:

Se dice del tufo agresivo. Es normal oírlo en las guaguas (buses).

Tener peste a mono viejo o a pollo mojao:

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Dícese del pestífero en tránsito hacia lo insufrible.

chiflan los monos para los cubanos
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Es un león o una hiena:

El estado de fiereza del maloliente llega al punto de comparación con animales de célebre hediondez. Pocas narices soportan un ambiente cargado con un olor así.

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“Se les fue los sietes enanitos, Blancanieves, el lobo y leñador”:

El grado de elaboración de esta frase casi lo dice todo. No hay quien respire. De hecho, estas palabras siempre se pronuncian después de haber salido del aprieto de haberse topado con alguien putrefacto.

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Mono cuquiao:

Aquí el olor (no, ya no se puede hablar de olor, solo de peste mayúscula) revuelve tripas, saca a flor el vómito, es el mare mágnum de la miasma. Por eso se compara con un primate enfurecido porque la nariz es pura rabia, impuro vaho.

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Está demostrado. Ni el hálito infernal del Sol asolando las muchedumbres agolpadas en colas interminables es capaz de robarle la creatividad al cubano, que ríe sin lío alguno hasta de sus propias pestes.

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